La Opinión Pública, como concepto, es hija de la modernidad. Se gesta cuando el siglo XVIII comienza a declinar y termina de ser parida con la Revolución Francesa de 1789. Esa marca de nacimiento -ha enseñado el politólogo florentino Giovanni Sartori- signa su vida por partida doble. Por un lado, los hombres de la ilustración querían mucho más que difundir “las luces”: preparaban una democracia a lo grande. En segunda instancia, la vinculación primigenia de la expresión es política, pero no en términos partidarios, sino en materia de asociación de personas que buscan un bienestar que trascienda lo individual.

Este origen determina que el público de la Opinión Pública es, sobre todo, un público de ciudadanos. Un público que tiene una opinión sobre la gestión de los asuntos públicos, es decir, sobre los asuntos de la comunidad política.

Esto implica que el público de la Opinión Pública no es solo sujeto, sino también objeto de la expresión. Una opinión se denomina pública no sólo porque es del público, no sólo porque es difundida entre muchos, sino también porque afecta a objetos y materias que son de naturaleza pública, como el interés general, el bien común, y en esencia, la cosa pública.

La opinión de la Opinión Pública, en tanto, es solamente eso: opinión. Es doxa, no es episteme. Esta opinión en particular no es saber científico ni tampoco filosófico. Puede que resulte una obviedad, pero desde los tiempos de los griegos la aberrante y extendida objeción que muchos formulan a la democracia es que el pueblo “no sabe”. Platón, por caso, postulaba que el gobierno ideal era el de los filósofos. Sin embargo, la democracia, hoy, se caracteriza por ser no el “gobierno del saber”, sino por ser el “gobierno de la opinión”. Es una distinción sutil, tal vez, pero definitivamente abismal. No hablamos de cualquier opinión, sino de la Opinión Pública. Y la Opinión Pública no es opinión erudita: es opinión informada. Allí asoma la verdadera tarea del periodismo. No consiste, ni remotamente, en ser un poder. Se trata, humildemente, de aportar a que la Opinión Pública pueda estar informada de lo se hace con la cosa pública.

Por eso el periodismo necesita existencialmente de ciudadanos opinando sobre los asuntos públicos. Casi como el agua que busca la sed. Entonces, a todos los que ayer saludaron a un periodista en su día cabe darles las gracias. Y decirles: “igualmente”.